Dentro de la construcción
de la identidad colectiva, se encuentran varias instituciones validadas
socialmente, que guían hacia el sendero de lo que se es y lo de no se es. En efecto,
la identidad, en última instancia, es aquel conjunto de elementos simbólicos
que nos hace sentir que somos y qué no deberíamos ser. Así pues, las
estructuras sociales ejercen presión en diversos espacios, para delimitar hacia
dónde nos podemos dirigir y qué deberíamos de rechazar, partiendo del hecho de
que todas las personas somos iguales. Ejemplo de estas instituciones que
validan lo que somos, se encuentran la religión (la iglesia), el sistema
educativo, la familia, grupos de pares y los medios de comunicación.
Los medios de
comunicación en la actualidad, han incrementado su alcance e influencia, si se
toma en cuenta que la globalización – es decir, el acceso a la información de
manera inmediata, gracias a componentes como la red – ha permitido que la velocidad
de la información llegue prácticamente al instante en que los acontecimientos
se dieron. Sin embargo, se ha notado que la influencia de los medios de
comunicación, permean seriamente en la opinión y la visión de mundo de las
personas, y, por tanto, en la construcción de lo que se debe ser y lo que no se
debe ser. Lo curioso de todo esto, es
que los medios de comunicación han dado ejemplo de que su influencia va con
mucho peso, y sobre todo para crear consenso, pero también para otros aspectos
negativos. Así lo plantea Trejo (2012), quien indica que:
“Los
medios son recursos formidables para crear consensos y movilizar a las
sociedades, pero también para confundir y para propiciar, o afianzar, el sometimiento
de los ciudadanos a regímenes autoritarios. El populismo mediático, que
reproduce viajes costumbres clientelares apuntalándose ahora en los medios y en
otros casos de plano subyugándolos a sus intereses, se está convirtiendo en
nuevo escollo de las democracias contemporáneas.” (p.113).
Ahora bien, la
tradicional forma de comunicación masiva, tal cual la conocemos (televisión,
radio, periódicos), ha ido cediendo espacio a las nuevas formas tecnológicas,
que son prácticamente generadoras de información “in situ”. En efecto, los
denominados “smartphones”, “laptops”, “tablets”, entre otras herramientas, son
de fácil acceso en diversas zonas, y generan comunicación ágil, pero subjetiva,
y por tanto, me cuestiono sobre esas formas de construir opinión entre quienes
revisamos la información “in situ” que ha sido colocada por una simple persona,
desde su aparato tecnológico. Su opinión, ahora es vista por cientos de personas,
y puede divulgarse – o así nos lo hacen creer – velozmente por diversas partes
locales, o incluso, mundiales.
Por lo tanto, en este
contexto, la reflexión sobre la comunicación y su influencia en la construcción
de la identidad, se me dispara hacia diversos campos. Por el momento, quiero ir
cerrando la opinión, por medio de la siguiente correspondencia: el derecho
humano de construir la identidad y su relación con respecto a la comunicación.
Teniendo brechas tan
impresionantes en diversas partes del mundo, a pesar de lo “perfecto” que
pareciera ser en la actualidad todo aquello a la información y su acceso, que
no existe en otros sitios del mundo. Sin embargo, desde el otro lado, es decir,
aquellas zonas donde hay un acceso sobredimensionado, se replantean formas de
construcción de la identidad. Y aquí deseo apoyarme de la reflexión plateada
por parte de Fernández (2012):
“habría
que preguntarnos también por el derecho a la identidad respecto a ciertos
fenómenos que en esta primera década del siglo XXI han emergido con respecto con
fuerza. Ilustro con la respuesta de otra alumna, también de 18 años de edad,
cuando le pregunté por qué me entregaba sus controles de lectura con muy
diferentes nombres y en vez de sus apellidos sólo colocaba iniciales. ‘Ay,
maestra, son mis álter egos con los que juego en Second Life’; mi sorpresa
crecía a mediada que me relataba sus diversas vidas en diferentes cuentas.”
(p.128).
Es evidente que la
construcción de la identidad ha variado significativamente, y el ejemplo con la
cita anterior lo confirma. Y es que me queda la reflexión que como personas
tenemos derecho a la construcción de nuestra identidad, y aquellos signos que
nos validen la misma. Pero en un contexto en que los derechos humanos son
enfocados por medio de aspectos plenamente materialistas y economicistas, la
validación de la identidad y su reconocimiento social, es complejo. Sin embargo,
pareciera que la comunicación – viéndola desde el contexto actual – puede ser
la alternativa para llegar a esa validación social, y romper con funciones clásicas
de los medios de comunicación.
Bibliografía:
Fernández, F. (2012).
Derecho a la Identidad y Comunicación. Comunicación
y Derechos Humanos, Vega (Coordinadora), Universidad Nacional Autónoma de
México. Editorial del Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias
y Humanidades. México.
Trejo, R. (2012). Derecho
a la Comunicación, Todavía no para Todos. Comunicación
y Derechos Humanos, Vega (Coordinadora), Universidad Nacional Autónoma de
México. Editorial del Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias
y Humanidades. México.
No hay comentarios:
Publicar un comentario