La idea de raza en nuestras
culturas nace precisamente de la semilla colonial, que impositivamente nos situó
en un lugar del espacio físico y simbólico -cabe mencionar, de inferioridad y
sumisión- y a partir del cual empezamos a dar nuestros primeros pasos para
conformar nuestras propias identidades. Es por ello que se puede comprender en
cierta medida como nuestra identidad latinoamericana está en contra, o al menos
en desacuerdo con el movimiento que nos engendró.
Así nuestra identidad toma un viraje estructuralmente distinto con las formas de colonialismos tan fuertemente inculcadas por los colonizadores, esto se fundamenta en hechos objetivos: la puesta en escena de los pueblos indígenas
al sistema laboral internacional, la construcción de un imaginario dicotómico
entre el “nosotros” y los “otros”, las nociones de centro/periferia como
referentes de una mayor presencia o ausencia de desarrollo, la mutilación de
los saberes ancestrales y el relacionamiento con la naturaleza, y el nuevo
proyecto urbanístico propio de las sociedades europeas.
De esta forma nuestra identidad se encuentra íntimamente ligada a procesos de mutilación, apropiación de las tierras,
racialización y esclavismo como las principales prácticas de la colonialidad, y como sugiere Maldonado (2007) es el ego conquiro la noción que nace y asu vez permite dar paso al ego cogito cartesiano. Se
trata del nacimiento de una relación epistemológica fundada en los
epistemicidios (término acuñado por Boaventura de Sousa Santos),
en el cual el sujeto “es” y se constituye en la acción de conquistar, es decir:
yo conquisto-luego existo.
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